Allí donde todo sucede


Uno, dos, tres .Volvemos a contar. Cuatro, cinco, seis. Las agujas del reloj continúan desfilando delante de tus ojos. Es el tiempo que pasa, qué cabalga en los segundos que no has contado. Pero, ¿por qué nos detenemos a pensar en el tiempo? Es que no hay suficientes razones para no hacerlo. Tal vez en las primeras veces en que no se contó algo extraño sucedió. Sigue sonando el reloj a la primera campanada pero se detiene ante la segunda. Burbuja en el espacio donde todas las realidades se unen?

No creo que ese sea el caso. Allí estaba en el Pueblo de San Ángel. Silencio en la calle. Los tiempos pandémicos hicieron que todo sea infinitamente más lento y más silencioso. Dios Puma. Dios Puma. Ampáranos.

Esta quietud no parece ser normal. Una vez lo acepté apenas llegué. Pero han pasado más de dos vidas desde entonces. O quizás tres ya perdí la cuenta para ser sincera. Yo no pertenezco aquí. Este silencio me va consumiendo hasta matarme.

Cinco años viviendo lo mismo y haciéndome la misma pregunta. ¿Cómo es que llegué aquí y con qué motivo? Y la respuesta es siempre la misma. Llegué para escapar de todo, para olvidarme pero lo único que es cierto es que lo recordé todo cien veces más.

Seis, siete, ocho. Pum, pum, pum. Más campanas aisladas. A veces me olvido, a veces ya no las escucho. A veces ya no me hacen sentir.

Vivía en una gran ciudad. Tenía un trabajo estable que si no muy satisfactorio al menos era redituable. Tenía mi propio departamento y mi propio auto. Parecía una vida estable, bacana pero la separación me sorprendió.

-Esto no va más-me dijo él y me puso el mundo patas arriba. ¿Cómo que no iba más? ¿Cómo que ya no era parte de una pareja? Vida cómoda, vida resuelta. Y acá nadie me dijo. Desesperación. ¿Te separaste? Qué pena. ¿Cuándo salimos con las chicas? ¿Le dejaste todo? Qué tonta.

Ahí nadie parecía escucharme. Todo así, tan intrascendente como el tiempo. Ahí todo pasaba a la velocidad de la luz. Ahí todo era efímero, perdido en su liviandad.

En un último estado desesperado, en una estado de locura irracional (o acaso la locura puede ser racional como me cuestioné estos últimos cinco años) comencé vendiendo todo. Dejé el auto y el departamento para el final. Todo lo tiré, lo que ya no formaba parte de mi historia. O mejor dicho lo que ya no formaba parte de nuestra historia. Todo terminaba con el último compás del bandoneón. Una despedida en son de tango. Cuando solo quedó lo imprescindible, apenas cabía en dos maletas. Todo lo di, todo lo dejé, todo lo dejé marchar. Porque el Tiempo es implacable y así va corriendo al lado de cada uno marcándonos el paso como las agujas del reloj. Tic, toc. Tic Toc.

Así busqué un destino. Quería irme lejos donde nadie me encontrara. Porque igual encontrándome nadie jamás me escuchó. Surgió otra gran ciudad latinoamericana. Sentí curiosidad. Así pasaron permisos, vacunas, consultas en la embajada. ¿Podré vivir ahí? ¿Podré acostumbrarme? No lo sabía. Sólo sé que en un acto semejante a un arrojo compré el boleto después de averiguar todas esas cuestiones que se resolvieron en tiempo record. Tiempo. Tiempo. ¡Es posible que todo se resuma en eso?

Renuncié a mi trabajo. Versión simplista de “dejé todo para escaparme de la vida”. Con la venta de las pertenencias  hice una diferencia aceptable, cómoda pero que solo habría de alcanzarme hasta encontrar otra ocupación que me permitiera mantener.

“Estás loca” me decían. “Acá tenés todo”. Pero no. Tenía solo un trabajo, un espacio donde vivir, un buen auto. Pero eso no califica como “todo”. En realidad eran cosas materiales pero no todo.

Así fue como me despedí de lo anterior. Lágrimas, abrazos y pedidos de “llamame cuando llegues”. Basta. Quiero irme. Quiero escapar.

Apenas aterricé me encontré perdida por un segundo. No tenía recomendaciones de ningún lugar donde ir, ningún lugar donde asentar mis bases. Tomé un taxi esperando la que en el camino hubiera la eterna perorata de los taxistas de mi ciudad. Pro no. Hubo un educado “buenas noches señora. Dónde desea ir”. Y yo perdida le dije: a algún lado donde puedan escucharme.

No habló nada el taxista en el trayecto ni siquiera para preguntarme detalles del vuelo. Parecía que habían transcurrido horas en el viaje y yo ya estaba preocupándome sobre si podría tener suficiente dinero para pagarle.

-Aquí es- me dijo- es San Ángel. Aquí nací. Aquí escuchamos.

Me dio un lugar donde pasar la noche. Al´´i estuve un par de meses hasta que conseguí mi propia casa. Era de alquiler pero era mi casa. Comencé vendiendo baratijas a los turistas. El pueblo era conocido por sus aguas termales, bastante popular en las revistas de viajes. Eso era suficiente para mantenerme y pagar los gastos. Todos los días era saludada por doña María y Eusebio. Comencé a cocinar comida casera. Todo un logro para alguien que antes no sabía ni hervir un huevo.

Me fueron enseñando lugares y más vecinos hasta que conocí el nombre de todos. Fui conociendo los colores del amanecer. Las costumbres, la música, las danzas. Las fiestas patronales que comencé a amar. Y seguía pasando el tiempo porque es inexorable y nunca se detiene en su eterna carrera.

Y recordé mil veces. El silencio me hizo recordar aún más. Como por ejemplo me permite ver que tengo un nombre, mi identidad. Que el pasado lo llevás con vos y eso es inevitable. Pero que es tu propia decisión cómo lo sobrellevás. Me fue difícil este difícil, este encierro. Necesito ver a mi gente, a mis personas, a las que no le soy indiferente. No soy un número más. Paro de contar.

Tic, toc, tic, toc. Llegué a mi lugar. Pensé que no pero sí pertenezco. Ahora existo aunque esté en silencio.

 

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